Fueron distintas publicaciones que desgranaban los secretos del bonsái las que abrieron las puertas a la pasión de David Benavente, maestro autodidacta y virtuoso del bonsái español. Solo era un adolescente, pero tuvo la sensibilidad para empezar un camino que no ha dejado de avanzar, con arte, talento e innovación. Nos ha recibido en su estudio de Galapagar, Madrid, y esto es lo que nos ha contado.
Por Luis Seijo Maceiras //Fotos de David Benavente
Henry David Thoreau (1817-1862), naturalista, poeta, y filosofo inconformista, confesaba en su obra maestra Walden que se adentró en el bosque porque ansiaba «vivir deliberadamente» y descubrir «al encontrar la muerte, que no había vivido».
Muchos años después, Steve Jobs (1955-2011), fundador de Apple, Next, y Pixar, sorprendió en una graduación de la Universidad de Stanford con un alegato a favor del inconformismo. En su discurso, el creador del iPhone reflexiona sobre su trayectoria vital, su despido de Apple, y la búsqueda permanente de la motivación. Con ello, animaba a los presentes a no conformarse, a buscar su pasión y a confiar en «sus tripas, el destino, la vida, el karma, lo que sea» antes de resignarse a vivir la vida de otro. «Tuve suerte —dice Jobs en su discurso—. Encontré lo que me apasionaba hacer muy pronto en la vida».
VIRTUOSO DEL BONSÁI
Algo parecido debió de ocurrir con David Benavente (Madrid), maestro autodidacta y virtuoso del bonsái español. David me recibió en su estudio de Galapagar esta primavera, taladro en mano y lidiando con un bonsái inmenso. Comenzó la entrevista para Mi Jardín recordando la suerte que tuvo al encontrar su pasión en las páginas del catálogo de una exposición de bonsáis a la que acudió con su padre con apenas 14 años. Poco después de aquel primer encuentro, cayó en sus manos el número 3 de la mítica publicación Bonsái Actual. Esa revista y su contenido le cambiaron la vida. Ocurrió en el verano de 1988 y David no ha dejado de innovar desde entonces.

INFLUENCIAS Y REFERENTES
Con una sonrisa a mitad de camino entre pícara y tímida, el maestro habla de sus inspiraciones, su técnica, el negocio, sus proyectos y las redes sociales. A estas últimas, las define como buenas para el negocio, pero carentes de información veraz. Intenta luchar contra esta tendencia en YouTube, colgando vídeos que cautivan al espectador con demostraciones imposibles de virtuosismo técnico y brillantes diseños dignos del gran Masahiko Kimura. Del pionero japonés, habla de su capacidad para moverse entre sus pares. Lo hace con soltura y sin complejos, aún de joven, y de cómo su visión del carácter masculino de los pinos siempre ha sido fuente de inspiración.
Contrasta la influencia de Kimura con la capacidad de conmover de su otro referente, Shinji Suzuki, paladín del diseño femenino de este arte milenario, creador de bellos ejemplares, que el maestro consigue transformar en elegantes y sofisticadas obras de arte. Esta dualidad entre bonsáis masculinos y femeninos, tan arraigada en el imaginario japonés, queda personificada en estos dos referentes para David como padre y madre del artista y de su obra.

Del maestro Luis Vallejo, con el que tuvo la suerte de coincidir durante años siendo conservador del Museo del Bonsái, comenta que fue el primero en permitirle trabajar con ejemplares únicos. Así consiguió dar el salto de calidad que su inconformismo innato le exigía. No tiene intención de publicar un libro y considera que, A los pinos el viento es una obra maestra, que refleja la madurez de Vallejo y su colección. Tiene palabras de elogio para Ryan Neil, norteamericano formado en Japón y que, según David, ve el bonsái como un todo. También para Bjorn Bjorholm, a quien admira su gran capacidad para comunicar.
PASIÓN Y TRABAJO ALREDEDOR DEL BONSÁI
Confiesa que «las reglas le han dado mucha guerra» y que le aburren las arduas tareas de mantenimiento que exigen sus bonsáis. Admite que a veces, cuando su staff se ha ido del estudio, aparta su yo maestro y recobra la ilusión del aficionado, viendo con nuevos ojos su propia colección. «El arte del bonsái está lleno de egos», comenta, hecho que contrasta con sus orígenes humildes. Su padre era camarero en Barajas y su infancia transcurrió en un piso de 50 m2 sin jardín.

VIAJAR Y APRENDER DE LOS PROBLEMAS Y LAS SOLUCIONES
Considera que viajar es fundamental. Se desplaza al menos una vez al año a Japón y define sin rubor como «robo» el adueñarse de las técnicas de otros para trabajar un árbol. Ve en todo bonsái una oportunidad de crear, no un problema que resolver. Ilustra esta visión tan personal del arte, mostrándome el reto al que se enfrenta con el pino que le ocupa a mi llegada. Me muestra un shari (madera muerta) que acapara las dos terceras partes de una rama principal, recta y anodina. Esta es imprescindible para el diseño, y se plantea en voz alta cómo doblarla.
Las ramas rectas son un problema, puesto que el artista busca el movimiento, y la forma es la clave, según David. Pero, ¡ay!, la madera muerta se resiste y la rigidez de sus fibras secas dificultan la labor. «Es muss sein» qué diría Kundera en su Insoportable Levedad del Ser. La rama ha de doblarse. Donde un aprendiz solo alcanza a ver un problema sin solución, David encuentra la oportunidad de inventarse algo nuevo. Como un cirujano en la plenitud de su carrera, se muestra convencido de su habilidad. Con un gesto te garantiza que el árbol no correrá ningún peligro. La rama será doblada y el bonsái mostrará todo su potencial de la mano del maestro y de su inconformismo innovador.
EL PINO ALBAR, SU FAVORITO
Pregunto a David si tiene preferencia por alguna especie de árbol en concreto. Me responde que es conocido por su trabajo con el pino albar. No obstante, cada vez disfruta más trabajando todo tipo de especies, y que entiende bien a las de hoja caduca. Sobre la muy controvertida recolección de Yamadori (árboles extraídos de la naturaleza), comenta que se trata de un proceso arriesgado, aunque muchas obras maestras tengan ese origen.
Al fin y al cabo, no deja de ser complicado reproducir en un ejemplar de vivero la sublimación que adquiere una madera muerta expuesta al sol durante siglos o recrear las curvas imposibles provocadas por el peso de la nieve. Y qué decir del impacto del viento en la ladera de una montaña o el esfuerzo de las ramas retorciéndose para alcanzar la luz año tras año.


Hasta siempre
A David le preocupa el futuro de su colección. Los bonsáis son seres vivos que a menudo sobreviven a sus dueños, me dice, y a los que se acaba teniendo mucho cariño. Finalmente, nos despedimos, no sin antes emplazarnos a un próximo encuentro. Tal vez en su mercadillo navideño o en el Kontainerfest, evento anual en el que su estudio celebra la llegada de macetas, bonsáis y elementos de exposición que David importa todos los años de Japón.
Al dejar el estudio recuerdo nuevamente el discurso de Jobs en Stanford y cómo, al concluir el mismo, este se despide con aquellas proféticas palabras de la revista The Whole Earth Catalog, tan difíciles de traducir al castellano: «Stay hungry. Stay foolish». Jobs se las dedica a los estudiantes, animándolos a hacer de ellas una forma de entender la vida. «Seguid hambrientos. Seguid irreverentes». Abandonando el estudio, no puedo, sino desearle lo mismo al maestro. Sigue hambriento, David. Sigue innovando. Sigue triunfando con tu inconformismo.
