Para optimizar el agua al máximo, es fundamental examinar las características físicas del suelo o. sustrato donde crecen tus plantas. La textura de la tierra determina su capacidad para retener el líquido y la velocidad con la que este se drena.
Suelos arenosos
Están compuestos por partículas grandes con amplios espacios entre ellas. Al verter agua, esta se absorbe de forma casi instantánea y desciende con rapidez hacia las capas profundas. Aunque tienen una excelente aireación, su capacidad de retención hídrica es muy baja, lo que provoca que se sequen enseguida y que los nutrientes se laven fácilmente. Requieren riegos más frecuentes, pero con volúmenes controlados.
Suelos arcillosos
Son suelos de textura compacta, pesados, densos y de colores rojizos. Tienen gran capacidad para almacenar agua y nutrientes debido a sus finas partículas, pero carecen de una buena aireación. Si se riegan en exceso, se compactan y se inundan con facilidad, asfixiando las raíces. Se deben regar con menor frecuencia pero aplicando el agua de manera muy lenta para dar tiempo a que se infiltre. Airea de vez en cuando con un rastrillo.
Suelos francos o limosos
Considerados el ideal para la jardinería y el huerto. Presentan una mezcla equilibrada de arena, limo y arcilla. Tienen una textura desmenuzable y suave, retienen la humedad óptima sin llegar a formar
charcos y poseen un contenido nutricional excelente.






Cuida el drenaje del terreno
Si tras una sesión de riego o una lluvia ligera notas que el agua permanece estancada en la superficie formando charcos durante horas, estás ante un suelo con un drenaje deficiente o compactado.

- Con la ayuda de una azada manual o un motocultor, remueve bien la tierra de los primeros 20 o 30 centímetros de profundidad para romper la costra dura superficial y airear bien el terreno.
- Añade una capa generosa de compost maduro, mantillo o humus de lombriz sobre la superficie. La materia orgánica actúa como un acondicionador fantástico: separa las partículas de arcilla en suelos pesados (mejorando el drenaje) y une las partículas de arena en suelos sueltos (aumentando la retención de agua).
- En casos severos de compactación, mezcla de forma homogénea arena de río lavada o gravilla fina con la tierra del jardín.
- Si el terreno tiende a inundarse por completo de manera natural, excava zanjas estratégicas a una profundidad de entre 1 y 1,20 metros e instala tubos subterráneos rodeados de gravilla para canalizar y evacuar el exceso de agua fuera de las zonas de cultivo.
- Si el terreno nativo es imposible de cultivar o mejorar a corto plazo, la planificación ecosostenible recomienda construir camas o cajones de cultivo elevados sobre el nivel del suelo, rellenándolos con una mezcla idónea de tierra fértil y compost libre de turba.
